jueves, 26 de enero de 2023


Viejos comiendo sopa, Universidad Autónoma de Sinaloa, 2021


Una ficción

 

 

Dame tu vida pajarito, dijo.

Pero a cambio de qué, señor, le contesté.

Te doy esta libreta, un bolígrafo nuevo,

          silencio y soledad.

Y si mal no recuerdo, yo no dije ni pío;

pero ya nada más

miro los cuatro rumbos desde entonces,

no puedo recordar por cuál salió volando.


Matsuo Basho cuenta las sílabas del Popo

 

El maestro Basho y yo bajábamos a pie por la ladera este del Popocatépetl. Él practicaba la pronunciación. Yo: El Popo. Yo: Don Goyo.

No es lo mismo una mora que una de tus sílabas, el maestro decía. Ya se verá si son las cinco del primero o del último verso. Ahora que bajemos,

fíjate si hay un kigo entre las cosas al alcance: las tunas cardonas o las verdes, el orégano en rama, la boñiga de vaca, no, no, su vapor o el mugido.

La fumarola, yo pensé, la fumarola, su año incalculable, como en la rana y el estanque, en el ruido del agua.

En el Fuji sí hay nieve todo el año, dijo.

Entonces fue que quizás lo empujé por la barranca. No gritó, no hizo aspavientos, ni se quejó al caer. 



Diálogo entre un hijo y su padre reencarnado en pájaro

  

En vida no, ni pío, ni la o

por lo redondo; pero

desde que se murió comenzó a saber cosas

de la teoría y la práctica del vuelo. Todo tiene un principio

y al principio

daba redondos tumbos por encima del barrio.

Enredado en los cables de luz y del teléfono,

rajándose su pico contra los negros tinacos de las aguas.

A veces tan solito. A veces

en escuadrón parvada —casi siempre a la cola de veloces

gorriones, aprendió mal que bien

a colarse por la rendija colorada del crepúsculo.

Poco a poquito bajaba grácilmente, en círculos

calcados de la golondrina. A la hora de lavar los platos

venía a posarse en el pretil de la ventana, junto al fregadero.

Una vez

vencí el miedo y lo invité a pasar, entró de un aleteo,

derechito a mi índice, livianito y atento.

Yo fui quien rompió el hielo:

—Dime, papá, como le hiciste para aprender

          esas gracias de pájaro.

—No fue nada difícil comparado con lo que cuesta

          andar, hablar sin desdecirse

          y leer de corrido. Lo difícil fue caer en cuenta

          que vine a dar a este mismo mundo

          y saber otra vez que esta fue tu casa,

          me tardé una docena

          de vidas de los pájaros; pero, no te quiero inquietar,

          ahora que estoy muerto como señor diabético que fui

          y vivo como pájaro, todos los hombres de la tierra son mis hijos.

—Ven, ven, le dije,

          quédate nada más por hoy a dormir

          en esta jaula de perico.

Dio tres saltitos, se metió

y ya no lo dejé salir,

hasta que pague las que debe. 

 

Nubes

 

Después ya no se supo cómo, ni por qué.

Las nubes se quedaron quietas, ahí, equidistantes.

Como un escuadrón, a la espera de la orden, de un rompan filas que debería dictar algún sargento nube.

No se las llevo el viento, ni las hizo desaparecer un mago. Se fueron haciendo     chiquitas; ahí, equidistantes.

La última vez que las vi parecían pelotas de ping pong, huevos de codorniz

          o caspa nada más en los hombros del cielo; a la distancia

no sabría decirlo.